jueves, 6 de junio de 2013

Briefe für ihn (IX)

Y me preguntas si de vez en cuando me siento triste. Triste por ti y por mi. Mas bien triste por lo que podría haber sido y no fue. Y para ser mas exactos, no es. Triste por como ocurrió todo, por como se sucedieron los acontecimientos. Triste por la manera en la que nos fuimos perdiendo, y ya no solo me refiero yo a ti y tu a mi, sino más bien yo a mi y tu a ti. A nosotros mismos, a la fidelidad a nuestras palabras y nuestras promesas. Triste por como tu rompías poco a poco cada pequeña promesa por el camino y como yo rompí la gran promesa al final. Y me entran unas ganas irrefrenables de justificarme y decir: "Si lo he hecho, si he faltado a mi palabra, ha sido por ti. Tu lo has provocado, yo no lo habría hecho si las cosas las hubieras llevado de otra manera, si tus actos y tus decisiones hubieran sido otras. Yo soy quien soy ahora, y hago lo que hago ahora por ti. Todo ha sido tu culpa". Pero no puedo, no puedo coger esa retahíla de reproches y entregártela como la extensión de una clara y concisa frase: "Todo fue/es/será tu culpa".

No puedo por la sencilla razón de que aunque yo (me aventuro a decirlo) despechada y desilusionada quiera verme a mi misma como una marioneta en tus manos traidoras, mentirosas y manipuladoras, no sería la verdad. Yo misma, sin ni si quiera comunicarte nada, me hice la gran promesa. Yo te hice una promesa que realmente se quedo para mi misma como un secreto que guardaría para perdonarte cada caída (o cada recaída). Yo me prometí a mi misma estar a tu lado, siempre, pasara lo que pasara, aguantar hasta el final, apoyarte, ayudarte, perdonarte, ser el hombro donde podrías llorar y la persona a la que pudieras llamar cuando no te quedaba nadie. Tu no me lo pediste. Yo me lo pedí a mi misma como la única manera para mantenerte a mi lado. Ese fue mi error. La falsa creencia en la paciencia, la justicia final, el tiempo al tiempo, el "si no está bien, no es el final". Ahí es donde toda nuestra historia pinchó rueda. Por desgracia.

Si, y por desgracia también no puedo hacerte el precioso regalo envenenado y adornado con rencor de "todo es culpa tuya". Triste pero cierto. Y retomando la pregunta. Por supuesto que me siento triste, más por lo que no es que por lo que no fue. Porque realmente si fue. Fue intenso, condensado, rápido y pasional. A punto de implosionar con cada paso que dábamos, con cada palabra y cada llamada de socorro del uno al otro, aunque para ser sinceros y justos con la realidad, llamadas se socorro de ti a mi que yo estaba dispuesta y encantada de contestar y socorrer, en mi acto redentor y expiatorio de mis pecados de años atrás. Los papeles se intercambiaron y, ahora, no sé si debería plantearme esto o simplemente si me hace bien, pero ya que me he decidido, pongamos todas las cartas sobre la mesa:

Durante los últimos meses tenia la sensación de que por fin, tras tres años, habíamos ajustado nuestras cuentas. Veía tu decisión como sentencia y notaba el fin en cada rincón que me recordaba a ti. En cada broma que hacia sacada de tu repertorio, en todos los momentos en los que alguien te mencionaba, mí mente, al contrario que en mitad de nuestro apogeo, decía "ahora si que no va a volver" "ahora si que podré escuchar su nombre sin preguntarme cuando será la próxima vez que hable con él, pues simplemente no habrá próxima" "ahora si podre hablar de él en pasado sin remordimientos por estar ocultando un presente ya oculto de por si" "ahora se ha acabado". Pero, es obvio que si te estoy escribiendo esto, para mi no está muy claro y definido ese final.

Y escribiendo esto también, me he planteado lo que tanto miedo tenia estos meses de pensar. Reflexionando sobre las razones que me llevaron a perdonar todos y cada uno de tus movimientos desafortunados, sobre lo que he llegado a denominar "la expiación de mis pecados", me pregunto a mi misma: ¿y que hay sobre los suyos? ¿llegara el día que, como yo, se de cuenta de sus errores y decida que, quizá también como yo, dos años después, es hora de enmendarlos? Y en caso de que eso ocurra, si es cierto que nuestro próximo encuentro en aras de la reconciliación tiene lugar en noche vieja de 2016, ¿que será de mí por entonces? ¿volveremos a intercambiar papeles, tal y como el me dijo que no esperaba que ocurriera? "No sé si será un día, una semana, un mes, o un año, pero, cuando llegue, solo espero que no estamos en la situación contraria".

Pero, joder, ¿porque tengo que recordar textualmente tus palabras, y plantearme si creer y confiar en ellas cuando, unas lineas mas arriba, he llegado a la conclusión de que ninguno de nosotros habíamos sido fieles a ellas? Tu no las recuerdas, tampoco yo las recuero. Las recuerda esa señora con una genial orientación, que siempre es la ultima en perderse, la esperanza. Si, lo admito. Meses después, nueve para ser concretos, de nuestra reconciliación pacífica, seis de nuestro gran encuentro y tres de tu esperada y definitiva decisión, aún, una parte de mi desea que todo vuelva a comenzar. La esperanza ha decidido no abandonarme, porque, por lo que parece, la ilusión, la pasión, el enfado y el resto de sensaciones que tenían que ver contigo, ya no están.

Solo queda ella.

Ya no siento nada cuando veo tu nombre, ya no espero nada, ya no deseo nada, ni sueño con nada. Simplemente, mí subconsciente tiene la esperanza de otra llamada de socorro, o, por el contrario, de arrepentimiento. La esperanza de que, de nuevo, unos años después, mas maduros (tal y como te gustaba decir a ti) veamos nuestra relación, ya no solo romántica, sino también de amistad, desde otro punto de vista.

Quedan marcados en mi cabeza cada octubre y cada noche vieja como el momento de cambiar las cosas. Cada año viviré el cambio del otoño al invierno acordándome de ti. Cada año tomaré las uvas acordándome de ti. Así hasta que la mujer Esperanza, cansada, exhausta, silenciosa, y desesperanzada, decida que es hora de irse.

Tina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario