Y me preguntas si de vez en cuando me siento triste. Triste por ti
y por mi. Mas bien triste por lo que podría haber sido y no fue. Y
para ser mas exactos, no es. Triste por como ocurrió todo, por como
se sucedieron los acontecimientos. Triste por la manera en la que nos
fuimos perdiendo, y ya no solo me refiero yo a ti y tu a mi, sino más
bien yo a mi y tu a ti. A nosotros mismos, a la fidelidad a nuestras
palabras y nuestras promesas. Triste por como tu rompías poco a poco
cada pequeña promesa por el camino y como yo rompí la gran promesa
al final. Y me entran unas ganas irrefrenables de justificarme y
decir: "Si lo he hecho, si he faltado a mi palabra, ha sido por
ti. Tu lo has provocado, yo no lo habría hecho si las cosas las
hubieras llevado de otra manera, si tus actos y tus decisiones
hubieran sido otras. Yo soy quien soy ahora, y hago lo que hago ahora
por ti. Todo ha sido tu culpa". Pero no puedo, no puedo coger
esa retahíla de reproches y entregártela como la extensión de una
clara y concisa frase: "Todo fue/es/será tu culpa".
No
puedo por la sencilla razón de que aunque yo (me aventuro a decirlo)
despechada y desilusionada quiera verme a mi misma como una marioneta
en tus manos traidoras, mentirosas y manipuladoras, no sería la
verdad. Yo misma, sin ni si quiera comunicarte nada, me hice la gran
promesa. Yo te hice una promesa que realmente se quedo para mi misma
como un secreto que guardaría para perdonarte cada caída (o cada
recaída). Yo me prometí a mi misma estar a tu lado, siempre, pasara
lo que pasara, aguantar hasta el final, apoyarte, ayudarte,
perdonarte, ser el hombro donde podrías llorar y la persona a la que
pudieras llamar cuando no te quedaba nadie. Tu no me lo pediste. Yo
me lo pedí a mi misma como la única manera para mantenerte a mi
lado. Ese fue mi error. La falsa creencia en la paciencia, la
justicia final, el tiempo al tiempo, el "si no está bien, no es
el final". Ahí es donde toda nuestra historia pinchó rueda.
Por desgracia.
Si, y por desgracia también no puedo hacerte el
precioso regalo envenenado y adornado con rencor de "todo es
culpa tuya". Triste pero cierto. Y retomando la pregunta. Por
supuesto que me siento triste, más por lo que no es que por lo que
no fue. Porque realmente si fue. Fue intenso, condensado, rápido y
pasional. A punto de implosionar con cada paso que dábamos, con cada
palabra y cada llamada de socorro del uno al otro, aunque para ser
sinceros y justos con la realidad, llamadas se socorro de ti a mi que
yo estaba dispuesta y encantada de contestar y socorrer, en mi acto
redentor y expiatorio de mis pecados de años atrás. Los papeles se
intercambiaron y, ahora, no sé si debería plantearme esto o
simplemente si me hace bien, pero ya que me he decidido, pongamos
todas las cartas sobre la mesa:
Durante los últimos meses tenia
la sensación de que por fin, tras tres años, habíamos ajustado
nuestras cuentas. Veía tu decisión como sentencia y notaba el fin
en cada rincón que me recordaba a ti. En cada broma que hacia sacada
de tu repertorio, en todos los momentos en los que alguien te
mencionaba, mí mente, al contrario que en mitad de nuestro apogeo,
decía "ahora si que no va a volver" "ahora si que
podré escuchar su nombre sin preguntarme cuando será la próxima
vez que hable con él, pues simplemente no habrá próxima"
"ahora si podre hablar de él en pasado sin remordimientos por
estar ocultando un presente ya oculto de por si" "ahora se
ha acabado". Pero, es obvio que si te estoy escribiendo esto,
para mi no está muy claro y definido ese final.
Y escribiendo esto
también, me he planteado lo que tanto miedo tenia estos meses de
pensar. Reflexionando sobre las razones que me llevaron a perdonar
todos y cada uno de tus movimientos desafortunados, sobre lo que he
llegado a denominar "la expiación de mis pecados", me
pregunto a mi misma: ¿y que hay sobre los suyos? ¿llegara el día
que, como yo, se de cuenta de sus errores y decida que, quizá
también como yo, dos años después, es hora de enmendarlos? Y en
caso de que eso ocurra, si es cierto que nuestro próximo encuentro
en aras de la reconciliación tiene lugar en noche vieja de 2016,
¿que será de mí por entonces? ¿volveremos a intercambiar papeles,
tal y como el me dijo que no esperaba que ocurriera? "No sé si
será un día, una semana, un mes, o un año, pero, cuando llegue,
solo espero que no estamos en la situación contraria".
Pero,
joder, ¿porque tengo que recordar textualmente tus palabras, y
plantearme si creer y confiar en ellas cuando, unas lineas mas
arriba, he llegado a la conclusión de que ninguno de nosotros
habíamos sido fieles a ellas? Tu no las recuerdas, tampoco yo las
recuero. Las recuerda esa señora con una genial orientación, que
siempre es la ultima en perderse, la esperanza. Si, lo admito. Meses
después, nueve para ser concretos, de nuestra reconciliación
pacífica, seis de nuestro gran encuentro y tres de tu esperada y
definitiva decisión, aún, una parte de mi desea que todo vuelva a
comenzar. La esperanza ha decidido no abandonarme, porque, por lo que
parece, la ilusión, la pasión, el enfado y el resto de sensaciones
que tenían que ver contigo, ya no están.
Solo queda ella.
Ya no
siento nada cuando veo tu nombre, ya no espero nada, ya no deseo
nada, ni sueño con nada. Simplemente, mí subconsciente tiene la
esperanza de otra llamada de socorro, o, por el contrario, de
arrepentimiento. La esperanza de que, de nuevo, unos años después,
mas maduros (tal y como te gustaba decir a ti) veamos nuestra
relación, ya no solo romántica, sino también de amistad, desde
otro punto de vista.
Quedan marcados en mi cabeza cada octubre y cada
noche vieja como el momento de cambiar las cosas. Cada año viviré
el cambio del otoño al invierno acordándome de ti. Cada año tomaré
las uvas acordándome de ti. Así hasta que la mujer Esperanza,
cansada, exhausta, silenciosa, y desesperanzada, decida que es hora
de irse.
Tina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario